Colmenas tradicionales: “cuezos de Sabina”

En los sabinares del Arlanza se ha desarrollado durante siglos una intensa actividad apícola, como lo demuestran los todavía bien conservados colmenares de troncos huecos de sabina albar (Juniperus thurifera) repartidos por todo el territorio.

Aunque en todo el entorno de la Sierra de la Demanda predominaban los apíarios de troncos de roble, más fáciles de trabajar y con mayor hueco para albergar la colmena, en Los Sabinares del Arlanza, al no haber robles, se utilizaron las viejas troncas de sabinas centenarias.

Muchos de estos colmenares eran explotados de forma comunal por los vecinos de los pueblos cercanos a los que pertenecía el terreno, donde estaban instalados los apíarios.

Los principales productos que producían estos colmenares eran: cera para la elaboración de velas y miel para el consumo familiar.

Este tipo de colmenas producía una gran cantidad de cera, ya que al sacar la miel, tenían que prensar los panales de cera, quedando inservibles para utilizarlos de nuevo en la colmena. Con esta cera se producían velas para el alumbrado de las viviendas, también era utilizada para impermeabilizar telas.

La miel era repartida y se consumía entre las familias del concejo, los años de mucha abundancia también se vendía en los pueblos cercanos.

Era una apicultura poco especializada, pero los conocimientos de las abejas se iban transmitiendo de generación en generación. Estos colmenares se empezaron a abandonar a partir de 1900, por la gran emigración que se produjo del campo a las ciudades, dejando el campo despoblado; problema que con los años se fue acentuando hasta llegar a nuestros días, dando lugar a la tan cacareada España vaciada.

En esa época,  el oficio de maestro artesano de fabricación de colmenas, se complementaba con trabajos de carpintería. Se buscaban en el monte sabinas que ya estuvieran algo huecas y enfermas, nunca se cortaban sabinas sanas. Estas sabinas elegidas se cortaban con sierra de mano, se llevaban al taller del artesano carpintero, y con mucha paciencia se iba vaciando el interior, con la única ayuda de un formón y una maza. Después de ser vaciada, se le hacía por arriba una hendidura para ajustar la tapa, que cerraba la colmena; también se perforaban unos agujeros cerca de la base, para que pudieran entrar las abejas. Estas tapas tenían que ser hechas a medida, ya que las sabinas eran totalmente irregulares. Para las tapas también se utilizaba madera de sabina. Encima de la tapa se colocaba boñiga de vaca, para tapar bien todos los posibles agujeros que hubieran quedado.

Por último se colocaba una losa de piedra de la zona, que hacía de tejado y protegía la colmena de las inclemencias del tiempo. Esta losa de piedra con el tiempo fue sustituida por tejas de barro, más fáciles de encontrar. Ya en tiempos más modernos, se utilizaron hojalatas de todo tipo para cubrir las colmenas

La forma de explotarlas era sencilla, las colmenas se colocaban dentro del vallado, a la espera de que una buena primavera hiciera enjambrar a las colmenas vecinas. Los enjambres, en la mayoría de las ocasiones entraban solos a las nuevas colmenas, los que se posaban cerca del colmenar, eran recogidos por los avezados apicultores e introducidos en las colmenas que quedaban vacías en el colmenar. Los años en que las colmenas enjambraban mucho y una vez llenas todas las colmenas disponibles, eran recogidos y vendidos en los pueblos cercanos.

Los colmenares estaban protegidos y rodeados por muros de mampostería de piedra, de 1,2 a 2 metros de altura. Todavía se conservan en buen estado de conservación, estos muros protegían a las colmenas del ganado y los animales silvestres.

La extracción de miel generalmente se hacía durante los meses de octubre y noviembre, aunque también había zonas donde esta labor se hacía en pleno invierno, cuando las abejas tenían menos actividad. Consistía en abrir la colmena por arriba, y dando humo para que las abejas abandonaran la miel de los panales de arriba, se iban cortando, y  a la vez con ramas de romero, quitando las pocas abejas que quedaban en ellos; después se depositaban en calderos de todo tipo para su transporte.

Una vez recogidos los panales, se transportaban hasta las cocinas de las casas, donde con calor y con la ayuda de una malla se iban prensando, para separar la cera de la miel. La miel recién extraída era depósitada en tinajas de barro para su  conservación. La cera se fundía con calor y,  generalmente se utilizaba para el alumbrado de las viviendas.

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